Creo que "18 horas con Tejero" es un libro para echar un buen rato. Nació una noche de copas, pues entre vivencias a pie de "pampero", un poeta malagueño, Rafael Alcalá, me recomendó que escribiese lo que contaba. Así lo hice. Aquí está. Fue publicado en 1997.

18 horas con Tejero

Ramón Buxarrais

Blas Infante

INTRODUCCIÓN

 

 

 

   Por aquellos tiempos de mil novecientos setenta y siete recorría, convaleciente de una hemorragia de estómago, los pueblos y barrios de Málaga con una vitola de apóstol, anunciando, en nombre de la iglesia diocesana, que se puede ser feliz con girar algo la figura del Carpintero de Nazaret.

   La verdad es que nunca fui un “católico macizo y roqueño”. Sí me entusiasmaba el estudio de Jesús y la carga de utopía que intentaba dar al anuncio del Mandamiento Nuevo que, aún ahora, pasados dos mil años de si instauración sigue por estrenar.

   “Cursillos de Cristiandad”, los de Málaga, eran diferentes –no es momento de analizar las razones- al resto de los de España. Fuimos motivo de escándalo para las instituciones más conservadores del catolicismo malagueño; para los movimientos “progres” y la izquierda política que asomaban tímidamente sus rostros barbudos, éramos unos auténticos “carcas”.

   Don Ramón Buxarrais, el obispo que dejó el Palacio y la curia para irse a Melilla con los presos, tuvo a bien, después de una consulta a militantes, normarme presidente de los “cursillos”.

   Heme, pues, en el año anteriormente citado que, con poca fe y un cierto compromiso temporal, me vi de representante de imagen de un movimiento católico.

   Aunque no he investigado lo suficiente, creo que fue ésta una de las causas por las que Francisco de la Torre Prados, en la actualidad alcalde de Málaga, tuvo a bien llamar a casa para ofrecerme un puesto en las listas de UCD al Congreso de los Diputados.

   A mí, que me gusta figurar, aunque lucho contra ello –cada vez menos-, me puse más contento que Jesús Gil con lo del campeonato de la liga de fútbol.

   Escuché a Paco, hice el paripé de consultar el ofrecimiento con mi esposa e hija, con don Ramón y con un grupo de amigos que nos reuníamos todas las semanas para ser más amigos.

   Dimití de presidente de “los cursillo”, y me introduje en la vorágine de la primera campaña electoral.

   Me colocaron de número tres en la lista del Congreso. Di unos pocos mítines adaptando el lenguaje evangélico al político (qué barbaridad, cuando lo pienso ahora).

    Aquello era la reoca. De momento, todo el mundo se había hecho demócrata, todos habían tenido un affaire con la guardia civil, y los funcionarios, todos, habían soportado el  cruel padecimiento de la época franquista.

   El 15 de junio del año en curso fui elegido diputado. La verdad es que yo no sabía muy bien si eso era importante.

   Al día siguiente, mi mujer, Rosi, había asado unas sardinas y andaba yo chupándome los dedos cuando sonó el teléfono. Lo cogió Rosamari, mi hija, y me dijo: “Papá, dice que es el Presidente del Gobierno.”

   La voz del Presidente, el ahora Deseado, la percibí con claridad: “Pepe, soy Adolfo Suárez,, te llamo para darte la enhorabuena.”

   (Un inciso: Un día, tomando unas copas con una señora, y después de largarle uno de mis rollos sobre lo trascendental y otras cuestiones que sirven para quedar uno bien, me preguntó –tú eres utópico ¿no?- Respondí que , y a continuación afirmó: entonces, eres gilipollas. Nunca sabré la cara que me quedó, pero tuvo que ser muy parecida a la surgida después de la llamada del Duque de Cebreros)

   Así que, creyéndome un hombre importante, marché a la corte de Madrid. Acaricié mi escaño, sentí emoción histórica cuando entró La Pasionaria, y empecé a votar, una y otra vez, a través de una llave que conservo en casa hasta aprobar el texto constitucional.

   Años más tarde me dieron una medalla como miembro de la Orden del Mérito Constitucional.

   Durante la legislatura que va desde mil novecientos setenta y nueve hasta el advenimiento de don Felipe González, ocurrieron los hechos que voy a relatar.

   Pero antes, permítanme, medio en broma medio en serio, o sea, con humor angloandaluz, las razones que llevaron a integrarme en el variopinto Grupo Mixto del Congreso de los Diputados con personas tan distintas y distantes como don Hipólito, Clavero, Sagaseta, Piñar o Bandrés.

   Se había convocado Referéndum en Andalucía para dotar a este pueblo de autonomía plena (no lo es tanto porque seguimos chupando de la cada vez menguada teta de los presupuestos nacionales).

   Era yo, por aquel entonces, secretario provincial del UCD de Málaga.

   Me parece que fue Arias Saldado, Rafal, socialdemócrata, hoy ministro con el PP, o el de las “ojeras”, el que me ordenó:-Nosotros, por el 151-.

   Me lo creí (en aquellos tiempos me lo creía todo, creo que entre otras razones porque el buzón de casa estaba repleto de correspondencia y los ministros me felicitaban por San José, mi nombre es Pepe).

   Tomé mi flamante Seat-124 y lo destrocé yendo por los pueblos de Málaga diciendo a nuestros concejales: -Hay que votar el 151.

   Estaban todos muy contentos de lo autonomistas que eran. Todos, los de UCD, PSOE, PCE y PSA.

   Martín Villa pensó que aquello era una locura de Estado y fue y se lo dijo a Suárez y Martorell. Estos fueron convencidos por las razones de “estado” del entonces ministro y, desde la calle Cedaceros, me volvieron a llamar: -Hay que votar no. o abstenerse.

   Me negué a machacar del todo el 124 y les dije: -… pues yo voy a votar el 151-, -Conforme -me contestaron- pero no se lo digas a nadie.

   Guardé el secreto. Hoy lo descubro. Han pasado tantos años que en la distancia la cosa se ve de forma más relajada.

   Dimitió Clavero de ministro y, más tarde, de la UCD de la que era Secretario Regional. La verdad es que pudo haber reunido al comité regional y decirnos algo, pero naranjas de la china.

   Pérez Miyares, el que después fue ministro de Trabajo, contrató a Lauren Postigo, y éste fue diciendo aquella imbecilidad de: -Andaluz, éste no es tu Referéndum. Claro, cuando a un pueblo le dicen que diga no, éste dice , o al contrario (menos cuando lo de la OTAN, pero esa es otra historia).

   Mi hija, con 18 años, era la primera vez que votaba, y me dijo: -Papá, yo voy a votar el 151-, -Pues claro- le contesté.

   Total, que el pueblo andaluz se ciscó en Martín Villa y en la UCD (ahí empezó su defenestración).

   Cogí mi “Ideal Andaluz” y me fui otra vez a la corte de Madrid. Reuní a los diputados de UCD y les dije que había que modificar la Ley de Referéndum. Un diputado de Almería, Francisco Soler, comentó: -Hemos ganado en Almería y, por tanto, en Andalucía-. Y se quedó tan tranquilo. El resto aplaudió.

   Al mes dimití de UCD. Yo no fui ministro. Intenté arreglar el desaguisado, pero fue imposible.

   Es la época en que más selectamente comí, ya ven, con Modesto Fraile, Calvo Ortega, Pérez Llorca, Jiménez Blanco, Fernández Ordóñez, Abril Martorell, etc.

   Hubo ofrecimientos de todas clases. Pude resolver el cruel destino del funcionario que divide por treinta todos los meses, pero no acepté ninguno de los proyectos de compra y venta de ideales.

   Con Adolfo Suárez estuve hablando hora y media, él la hora, y yo, media. Nunca lo he contado, hoy tampoco, pero Josep Melià en su libro Así cayó Adolfo Suárez Planeta, 1981) pone en boca de Adolfo Suárez como una de las causas inmediatas de su dimisión, mi conversación con él: “… Yo podría estar inclinado a pensar que la culpa la tienen otros; pero los datos son tercos: he ido perdiendo prestigio. ¿En estas condiciones puedo conducir victoriosamente  a UCD a unas elecciones? Es evidente que no. En tres horas de conversación no fui capaz de mantener al diputado malagueño Pepe García en el partido a pesar de que invoqué las más sagradas razones que se le pueden presentar a un político. ¿Por qué? Porque en contra de la verdad, cuando yo le hablaba de España y del parido, él estaba convencido de que la única razón que me guiaba para pedirle que fuera fiel a sus compromiso era permanecer en la Presidencia… (pág. 68).

   No es esa la verdad de nuestra conversación, y Suárez, si es que se acuerda, lo sabe. Algún día será contada.

   Total, que no me convenció nadie. Me hice un tránsfuga de honor -de los que no cobran- por Andalucía y desemboqué en el Grupo Mixto.

   Un día, en Valencia, un tal García Martín, maníaco de antologías literarias, me preguntaba esta gilipollez: -¿Tú crees que llamándote García Pérez puedes llegar a ser un poeta famoso?

   Y es que yo me llamo Pepe García Pérez, y reclamo, desde la sencillez de mis apellidos, una medallita de Andalucía, igual que las de Rocío Jurado o Manuel Clavero, pues, al fin y al cabo, dejé el poder para pasar a la marginación, y por Andalucía pasé estas dieciocho horas, que les relato, entre los miembros del Grupo Mixto