He pasado una muy mala temporada. He visto muy próximo el tener que enfrentarme a un juego terrorífico con lo desconocido. Lo ignoto produce un cierto malestar, porque no comprendemos el destino que pueda aguardarnos. Todos los “papeles” médicos auguraban una guerra entre la vida y la muerte, con bastantes posibilidades de que esta última saliese triunfadora.

 

         Durante esta parsimoniosa espera no he estado pasivo. Han sido tres los frentes en los que me he movido: 1) La sinceridad encubierta en unas columnas escabrosas, aunque sinceras, que a los más santos les producía daño; 2) La búsqueda de eso que llaman fe, pero no como sumisión a un posible final no deseado; 3) El descubrimiento de la llamada de la sangre, la inmersión en más de un güisqui como método eficaz para buscar una valentía ficticia y el gozo sorpresivo de que no son todos los que lo dicen, y que la amistad es una fuente inagotable de bienes.

 

         Ayer, por el viernes, recibí la agradable noticia de que puedo salir a flote en este marasmo de hipocresías e indiferencias. Lo celebré con dos lágrimas de alegría: una dedicada a los que portamos la misma sangre y otra, gratamente extraña, a los que supieron comprender en sus cortos escritos en este Diariolatorre.es mi estado de ánimo.

 

         Si con los primeros fue ayer cuando viví la explosión de júbilo, hoy quiero hacerlo con don Baltasar de Cuadros, un personaje anónimo que ha realizado tres o cuatro comentarios a las, tal vez, columnas más íntimas que he escrito en mis años de aprendiz de escritor.

 

         El señor De Cuadros ha sabido “calar” mi corazón, mi mensaje y en sus breves líneas ha sabido transmitirme paz y sosiego. Es esta una muy buena noticia, que aunque no llega al límite de las que narra Manolo Montes en sus lunes, si ocupa ese lugar privilegiado de los que silenciosamente saben leer y permanecer en el anonimato.

 

         Gracias de todo corazón.